
Luis Alberto Ordóñez*
La primera vez que fui a San Andrés, lo hice por mar. La llegada fue impresionante; a medida que el ARC Boyacá se acercaba lentamente a tierra, la isla iba surgiendo en el horizonte: primero la Loma, con sus cientos de palmeras, luego el resto del precioso territorio hasta poderse visualizar a lo lejos las construcciones del centro de la ciudad mientras el contorno de la costa se iba haciendo nítido. La ensenada del Cove, donde arriban las unidades de la Armada Nacional y los cruceros de turismo, tiene el agua cristalina y el fondo se deja ver en ese abanico de colores que identifica el mar de nuestro principal y más emblemático archipiélago. Era 1981 y el encanto perdura hasta hoy: las islas son mágicas, ricas y sus aguas el sustento de miles de raizales quienes desde siempre han vivido de la pesca que ese mar les brida gracias al cuidado y la preservación del medio ambiente: saben que cualquier exceso significa un futuro incierto.







