
Carlos Salas Silva
Desde el comienzo del mediocre gobierno de Gustavo Petro hemos visto cómo los mayores detractores a su gestión han surgido de su mismo bando, de aquellos con los que comparten afinidades políticas y de idiotas útiles, como es el caso de Benedetti; cosa que no nos debe sorprender porque son quienes guardan sus secretos más oscuros y los conservan como tabla de sobrevivencia así hayan pactado su silencio. Stalin o Castro acostumbraban realizar limpiezas frecuentes en su entorno para garantizar la permanencia en el poder borrando, de paso, testimonios que les podrían ser incomodos. Petro, muy previsivamente, envió a dos de sus principales idiotas útiles como embajadores, a uno le reservó la de Londres y al otro, con torpeza, la muy poco atractiva de Caracas creyendo que si los mantenía lejos del gobierno se evitaría futuras molestias. El tiro le salió por la culata cuando en uno de sus acostumbrados desplantes dejó esperando al embajador Benedetti sentado en una incómoda silla y durante horas pasando, me imagino, una terrible resaca, lo que le sacó la piedra y de qué manera.






