
Alexander Cambero
Una niebla que se cortaba con cuchillo tomó control de aquella madrugada de febrero. La brisa batía fuerte sacudiendo los árboles hasta estremecerlos. Las ramas resistían los embates zarandeándose como una espiga en primavera. Languidecía la oscuridad envuelta en el silencio del valle duaqueño. Un extraño sopor flotaba haciendo maromas, en el destilar predilecto del bebedizo del destino. La mala hora se aproximaba sin ningún tipo de duda. Era una percepción más allá de nosotros mismos.







