
Rafael Rodríguez-Jaraba*
La paz es un bien inestimable anhelado por todos que no le pertenece a nadie, y que no puede servir de mercancía política ni de pasaporte a la impunidad. Su consecución merece los mejores esfuerzos y empeños, pero sin llegar a comprometer la dignidad nacional, y menos, a quebrantar el orden constitucional; de no ser así, se seguirá alentando la violencia, la villanía y la criminalidad, como se hizo en el desgobierno de Juan Manuel Santos con el beneplácito de un Congreso fletado y de una Corte Constitucional politizada, la que antes que proteger la integridad de la Carta la violentó.



