
José Alvear Sanín
La traición deja provecho transitorio al que la comete, pero queda lastrado con una vergüenza que lo persigue ya para siempre. Si eso les ocurre a los pequeños traidores, que sufren luego el desprecio en su estrecho círculo laboral, comercial, lúdico o deportivo —como pasa con el esquirol, el falso quebrado, el tahúr y el portero del autogol convenido, todos despreciables—, ¿qué diremos entonces de los grandes traidores?








