
Carlos Salas Silva
Muy envalentonado llegó a Nueva York el mequetrefe. Se siente como si estuviese en vísperas de corraleja, dispuesto a metérsele al toro. Unos guaros antes pueden sostenerlo en su osadía. Recordará la famosa irreverencia de otro que, como él, se le plantó al toro, un tal Chávez con su “Huele a azufre”. ¿Cómo no esperar de un pobre diablo, al que le ofrecen semejante vitrina, no querer lucirse? Triste manera, pero es la única posible para quienes, como él, cuentan tan solo con su grosería y su patanería.






