Eduardo Mackenzie*
El presidente Gustavo Petro es prisionero de una obsesión creciente: ver en sus adversarios unos “nazis”, “fascistas” y “genocidas” que hay que tratar en consecuencia. Incurre en ello sin pudor y respeto alguno por las víctimas de la exterminación de los judíos de Europa a manos de la dictadura hitleriana durante la segunda guerra mundial. Petro usa y abusa de esos términos y se descalifica él mismo al hacerlo. Percibe esos calificativos como armas retóricas, como si la densidad moral, espiritual y jurídica del asesinato sistemático de seis millones de judíos no fuera algo singular y difícilmente transferible a otros países y a otras calamidades humanas.






